Nereo
Era un buen día. O al menos eso decía el pronóstico. Para Nereo, hacía décadas que ningún pronóstico lograba parecer verdaderamente bueno. El cielo podía estar despejado, el viento soplar favorable desde el este y el mar reposar tranquilo bajo el sol de la mañana. Poco importaba. Dentro de él siempre persistía la misma tormenta. Preparaba la comida como cada día. Era una rutina precisa, casi ceremonial, monótona y milimétrica. Siempre para dos. Cortaba las verduras en el mismo orden, servía los platos en el mismo lugar y dejaba dos vasos sobre la mesa. Poco importaba cuánto condimentara la comida; todo tenía el mismo sabor apagado. Sin sentido. Sin color. Mustio. Inapetecible. Comía sin hambre, por simple inercia. Observó la fotografía colgada en la pared. Era la imagen de su último paseo junto a Marina. Ella sonreía mientras fingía gobernar el timón de una pequeña embarcación. Su mirada estaba fija en el horizonte, allí donde el mar y el cielo parecían confundirse en una misma l...